El costo de una posición ejecutiva vacante se compone de cuatro partidas que rara vez se suman juntas: los resultados que el área no produjo durante la vacancia, la rotación que generó la falta de conducción, los proyectos que se corrieron de ejercicio y el costo del reemplazo cuando finalmente se cubre.
Ninguna de esas cuatro aparece en una línea de presupuesto. Todas se pagan igual.
Lo que se gasta se ve, lo que se pierde no
Existe una partida presupuestaria para evaluar a un candidato. No existe ninguna para la vacante que lleva ocho meses abierta.
Esa asimetría define más decisiones de talento que cualquier argumento técnico.
Un gasto tiene línea, centro de costo, alguien que lo aprueba y alguien que después lo audita. Una pérdida por omisión no tiene nada de eso. No hay documento que la registre ni persona que la firme.
Entonces una evaluación de mil dólares aparece como un desembolso concreto y ocho meses sin conducción efectiva del área aparecen como nada.
Cómo se calcula con datos que la empresa ya tiene
Hice este ejercicio con un cliente el año pasado. Le pedí que le pusiera números a esos ocho meses. No mis números. Los del negocio.
La cuenta se arma con cuatro entradas.
Primero, el resultado del área durante la vacancia comparado con el período anterior equivalente. Si un canal comercial sin dirección facturó menos, esa diferencia es parte del costo.
Segundo, las desvinculaciones y renuncias del equipo durante ese período. Cada salida tiene un costo de reemplazo que la empresa ya sabe calcular.
Tercero, los proyectos que se movieron de ejercicio por falta de alguien que los empujara. Ese número suele estar en los tableros de seguimiento.
Cuarto, el costo del reemplazo final, sea búsqueda externa, sobrecarga de otro ejecutivo o consultoría de transición.
Cuando terminó de sumar se quedó callado un rato largo. No fue un argumento mío. Fue su propia planilla.
Por qué la demora parece gratis
Postergar una decisión de talento no genera factura.
Y como no genera factura, no compite con nada en la mesa donde se aprueban gastos. Un director que posterga una designación no tiene que justificar el gasto de postergar, porque no existe tal gasto.
La consecuencia es previsible. Las organizaciones optimizan lo que miden y nadie mide el costo de no decidir.
Hay algo más. Postergar también reparte responsabilidad: si nadie decidió, nadie se equivocó. Es una respuesta racional a un sistema donde el error se castiga y el acierto pasa desapercibido.
Qué cambia cuando el número existe
Un número mal calculado sirve más que ningún número.
No hace falta precisión contable. Alcanza con un orden de magnitud construido con datos propios, que quien decide reconozca como razonables.
Ese número cambia la conversación de lugar. Deja de discutirse cuánto cuesta evaluar o buscar y pasa a discutirse cuánto cuesta la alternativa, que es seguir esperando.
En la mayoría de los casos que vi, la diferencia entre las dos cifras es de un orden de magnitud.
Y conviene calcularlo antes de necesitarlo. Un número armado en el momento de defender un presupuesto se lee como lo que es.
La organización que sabe lo que le cuesta una vacante ejecutiva decide distinto, aunque nadie cambie de opinión sobre nada.
Si alguna vez pusiste en números una vacante que se estiró, contá qué encontraste. Ese dato le sirve a más gente de la que parece.
Preguntas frecuentes
¿Cuánto cuesta una posición ejecutiva vacante?
Depende del puesto, pero la cuenta se arma con cuatro componentes: resultados no producidos, rotación del equipo, proyectos postergados y costo del reemplazo final.
¿Por qué las empresas subestiman ese costo?
Porque los gastos se registran y las pérdidas por omisión no. Lo que no tiene línea presupuestaria no compite en la discusión de recursos.
¿Con qué datos se calcula sin hacer un estudio?
Con información que la empresa ya tiene: resultados del área por período, rotación registrada, tableros de proyectos y costos históricos de reemplazo.

